Factores de riesgo del cáncer de próstata
¿Quién debe preocuparse por el cáncer de próstata? La respuesta corta es: casi todos los hombres a partir de cierta edad, pero no todos corren el mismo riesgo. Entender los factores de riesgo del cáncer de próstata te permitirá decidir, junto con tu médico, cuándo conviene evaluar tu situación y qué hábitos pueden ayudarte.
Qué significa “riesgo” en próstata
“Riesgo” no es diagnóstico: es la probabilidad de presentar la enfermedad a lo largo del tiempo. Las guías europeas reconocen tres factores bien establecidos: edad, origen étnico y predisposición genética. Otros aspectos del estilo de vida pueden modular la probabilidad de que el tumor aparezca o sea más agresivo, pero la fuerza de la evidencia es variable y debe interpretarse con cautela.
Los factores que más pesan
La edad acumula probabilidades
A medida que pasan los años, el tejido prostático cambia y el riesgo aumenta de forma sostenida a partir de los 50. Por ese motivo, la conversación sobre cribado individualizado (por ejemplo, valorar una analítica de PSA) suele iniciarse en esa franja de edad, antes si existen otros factores añadidos.
Historia familiar y genética: cuando el antecedente abre la puerta
Tener un familiar de primer grado (padre o hermano) con cáncer de próstata duplica aproximadamente el riesgo; si son varios o si el diagnóstico fue a edades tempranas, el aumento es mayor. Ciertas mutaciones hereditarias, como BRCA2 (y en menor medida BRCA1) o HOXB13, elevan el riesgo y pueden justificar una evaluación más estrecha. Si existen estos antecedentes, conviene comentarlo explícitamente en consulta.
Etnicidad: no todos partimos del mismo punto
Los hombres de ascendencia africana presentan más riesgo de desarrollar la enfermedad y con mayor frecuencia en fases avanzadas, por razones que combinan biología y determinantes sociales de la salud. Este dato ha sido reiterado en información pública del NHS y organizaciones británicas de referencia.
Estilo de vida: qué sabemos y qué no
En prevención del cáncer de próstata, no existe hoy una medida que “evite” con certeza la aparición del tumor. Aun así, la evidencia más sólida apunta a que el exceso de peso se asocia con mayor riesgo de enfermedad avanzada y peor evolución, por lo que mantener un peso saludable es una recomendación sensata. Respecto a dieta, actividad física o consumo de lácteos y calcio, los estudios ofrecen resultados heterogéneos; pueden influir, pero el grado de certeza es menor que en otras localizaciones de cáncer.
¿Puedo “bajar” mi riesgo?
Reducir a cero el riesgo no es posible, pero sí puedes desplazar la balanza a tu favor. La evidencia más sólida hoy apunta a dos pilares: evitar el exceso de peso y moverse con regularidad. El mayor consenso científico indica que el exceso de adiposidad se relaciona con más probabilidad de cáncer de próstata avanzado o agresivo; por eso mantener un índice de masa corporal saludable y una cintura controlada es una meta prioritaria.
La actividad física es el compañero natural del control del peso y aporta beneficios propios. Estudios de cohortes y revisiones recientes muestran que estar en mejor forma cardiorrespiratoria y sostener ejercicio moderado–vigoroso de forma habitual se asocia con menos riesgo de desarrollar enfermedad agresiva y menor mortalidad por cáncer. Traducido al día a día: caminar rápido, correr suave, nadar o montar en bici, varias veces por semana, y combinarlo con algo de fuerza. No necesitas entrenamientos extremos; la regularidad es clave.
Sobre alimentación, no hay una “dieta anticáncer de próstata” con pruebas concluyentes. Las recomendaciones de prevención del cáncer —frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, menos ultraprocesados y carnes procesadas— se sostienen por su impacto positivo en la salud global y el peso, más que por un efecto directo y exclusivo sobre el tumor prostático. La evidencia sobre lácteos, calcio o licopeno (tomate) es limitada o inconsistente, por lo que conviene evitar afirmaciones tajantes. En la práctica, una pauta tipo Mediterránea bien equilibrada es una opción razonable y sostenible.
En cuanto a tabaco y alcohol, dejar de fumar mejora de forma clara la salud general y se asocia con menor mortalidad por cáncer de próstata frente a seguir fumando; el alcohol no muestra una relación consistente con la incidencia, pero limitarlo es prudente desde el punto de vista cardiovascular y oncológico global.
Respecto a suplementos, conviene ser muy directo: vitamina E y selenio no previenen el cáncer de próstata; en el ensayo SELECT la vitamina E aumentó la incidencia y el selenio no aportó beneficio. Tomarlos por “prevención” no está recomendado.
¿Y fármacos para “prevenir”? Los inhibidores de la 5-alfa-reductasa (finasterida/dutasterida) reducen el diagnóstico de tumores de bajo grado, pero no han demostrado mejorar la mortalidad y existe una preocupación histórica por mayor detección de tumores de alto grado; no están aprobados por la EMA para quimioprevención. Solo deben usarse si están indicados por otros motivos (p. ej., hiperplasia benigna) y siempre bajo control médico.
Finalmente, recuerda que el riesgo es personal. Si sumas edad, antecedentes familiares o ascendencia de mayor riesgo, habla con tu médico sobre cuándo empezar a evaluar con PSA y, si procede, pruebas de imagen modernas. En España, Affidea puede integrarse en ese circuito con analítica (PSA) y diagnóstico por imagen indicados por tu especialista, para tomar decisiones informadas sin demoras innecesarias.
Señales de alerta… y mitos que conviene aparcar
Lo primero es entender que el cáncer de próstata temprano suele no dar síntomas. Por eso muchas veces se detecta gracias a pruebas como el PSA antes de que aparezcan molestias. Cuando los síntomas existen, a menudo se deben a problemas benignos como la hiperplasia prostática, pero merecen valoración médica para descartar otras causas. Entre las manifestaciones que pueden hacer sospechar enfermedad más avanzada están los cambios persistentes al orinar, la sangre en la orina o el semen, el dolor óseo continuo (especialmente en espalda, caderas o pelvis) y la pérdida de peso no intencionada. Estos signos no confirman un cáncer, pero sí justifican consultar sin retrasos.
Hay situaciones que requieren atención urgente. Si el dolor de espalda empeora y se acompaña de debilidad o hormigueo en las piernas, dificultad para caminar o pérdida del control de la vejiga o el intestino, puede tratarse de compresión medular por metástasis vertebrales, una urgencia oncológica que debe evaluarse de inmediato en un servicio de urgencias.
En paralelo, es útil dejar atrás algunos mitos frecuentes. No es cierto que “PSA alto = cáncer”: el PSA puede elevarse por múltiples causas (próstata agrandada, inflamación, infección), y su interpretación se hace en contexto; un PSA bajo tranquiliza bastante frente a enfermedad agresiva, y uno alto no significa por sí solo diagnóstico. También es falso que la vasectomía “provoque” cáncer de próstata: los metaanálisis más amplios encuentran como mucho una asociación débil y clínicamente irrelevante, sin aumento de tumores agresivos, avanzados o mortales. Tampoco hay pruebas sólidas de que montar en bicicleta aumente el riesgo; la mejor evidencia disponible no demuestra un vínculo claro, aunque el sillín o una mala postura pueden irritar la zona y elevar transitoriamente el PSA.
Otro malentendido habitual es pensar que los problemas urinarios significan automáticamente cáncer. En muchos hombres obedecen a hiperplasia benigna o prostatitis; aun así, si los síntomas aparecen o cambian, conviene consultarlo para valorar pruebas apropiadas. Finalmente, el rumor de que la actividad sexual “causa” cáncer carece de base; algunos estudios incluso han observado que una mayor frecuencia eyaculatoria se asocia con menor riesgo global, aunque no se usan para dar recomendaciones clínicas.
Si me preocupa mi riesgo, ¿por dónde empiezo?
La primera parada es tu médico de familia o urólogo, que valorará tus antecedentes y, si procede, solicitará un PSA y planificará el seguimiento. En España, Affidea dispone de análisis clínicos para PSA dentro de un circuito diagnóstico por imagen y laboratorio; si tu especialista lo recomienda, puedes realizar la prueba en su red de centros.

